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El Foro Económico Mundial (2025) lleva quince años publicando una lista muy parecida de habilidades para el futuro del trabajo relevantes: pensamiento crítico, resolución de problemas complejos, creatividad e inteligencia emocional. Estas habilidades aparecen edición tras edición, y es que cada época vuelve urgente una combinación distinta de las mismas capacidades humanas.

Sin embargo, hay una reflexión que queda en lo profundo. Las herramientas que usamos para producir valor cambian con cada generación tecnológica: la fuerza física, el manejo del metal, la operación de maquinaria, la programación. Eso es lo variable, el vehículo de cada era, pero lo que casi nunca cambia es el motor que hizo posible construir, operar y finalmente superar cada uno de esos vehículos: la capacidad de leer una situación con precisión, imaginar lo que todavía no existe, y coordinarse con otros para construirlo.

Piensa en dos personas que abren un pequeño negocio de diseño gráfico en la misma ciudad, con el mismo software y el mismo acceso a internet. Una crece porque entiende con exactitud qué problema resuelve para cada cliente y sabe explicarlo con claridad. La otra domina las mismas herramientas técnicas, pero nunca logra que un cliente entienda por qué debería contratarla a ella y no a la competencia. La diferencia no está en el manejo del software, sino que está en tener dos capacidades que ninguna actualización tecnológica reemplaza, la de identificar con efectividad qué se resuelve, y contarlo de manera que otros lo reconozcan como valioso.

Esa distinción tiene un nombre dentro de la conversación sobre el futuro de las profesiones: dominar frente a diseñar (Impulsera, 2026). Dominar es ejecutar dentro de un sistema que alguien más configuró. Diseñar es decidir cómo debería funcionar ese sistema, o encontrar el problema que nadie ha definido todavía. 

A lo largo de la historia, quien diseña suele capturar más valor que quien domina, incluso cuando quien domina es técnicamente superior. El arquitecto gana más que el mejor albañil del mundo. La persona que identifica con precisión qué necesita un mercado gana más que quien solo ejecuta bien una tarea dentro de ese mercado, y este principio nos muestra cómo se ha distribuido el valor económico en cada era productiva.

 

“Dominar es ejecutar bien, diseñar es decidir qué vale la pena ejecutar.”

 

Lo que cambia con la inteligencia artificial no es esa lógica. Es la velocidad con la que empuja a más personas hacia el lado del diseño, porque la IA ya ejecuta con eficacia buena parte de las tareas técnicas que antes garantizaban un salario estable, como redactar borradores, analizar datos, generar código de base, resumir información extensa. 

Ese desplazamiento reordena el mercado laboral alrededor de una pregunta distinta: ¿quién decide qué problema merece resolverse primero, y quién puede explicar por qué le importa a alguien más? Esa pregunta no la responde ningún modelo por cuenta propia.

Vale la pena mirar de cerca qué dice entonces la propia lista del Foro Económico Mundial (2025): el pensamiento analítico, la capacidad de creación y el manejo de la incertidumbre encabezan las habilidades para el futuro del trabajo que más han crecido en importancia para los empleadores rumbo a 2030, junto con la curiosidad y el aprendizaje continuo. Ninguna de ellas describe el manejo de un programa o de una plataforma específica, sino que todas describen una forma de pensar que se sostiene incluso cuando la herramienta de turno cambia.

Detrás de cada una de esas habilidades para el futuro del trabajo, hay además tres capas que rara vez se distinguen con claridad.

  1. La técnica: lo visible, lo que el contexto productivo exige y lo que se puede enseñar y medir con facilidad.
  2. La cognitiva: lo que la hace posible, las formas de razonar, de abstraer y de sintetizar información que permiten aplicar bien una técnica.
  3. La social: lo que la sostiene en el tiempo, la capacidad de cooperar, de construir confianza y de que el conocimiento se transmita entre personas en lugar de morir con quien lo generó.

Cuando una organización invierte en una sola capa, construye una competencia frágil que dura hasta la siguiente actualización.

En América Latina esto tiene una consecuencia directa sobre la movilidad económica. El acceso a la tecnología dejó de ser la barrera principal, porque hoy buena parte de la población joven tiene una laptop, un teléfono capaz de correr las mismas aplicaciones que se usan en cualquier ciudad del mundo, y una conexión a internet razonable. La barrera está en la posesión de tres capacidades: identificar con eficacia una necesidad, tomar decisiones sólidas con información incompleta, y traducir ese trabajo en un relato que otros puedan reconocer y en el que puedan confiar.

 

“La ventaja que perdura se construye en un terreno menos visible, y bastante más entrenable de lo que parece.”

 

En Espacios Impulsera, los encuentros que reúnen a la comunidad Impulsera, esa práctica se ejercita en sus tres capas: se cuestiona la técnica, se abren nuevas opciones cognitivas y, en el terreno social, se comparten experiencias frente a personas que persiguen el mismo propósito, aunque no compartan el mismo contexto, para construir posibilidades juntos.

En los próximos artículos nos vamos a detener con más detalle en dos de esas capacidades: la formulación del problema, que es la habilidad menos enseñada y quizás la más determinante del criterio profesional, y la capacidad social, que es lo que convierte una competencia real en una posición que otros reconocen. 

Por ahora, lo importante es esto: mientras buena parte de la conversación se concentra en qué herramienta tecnológica dominar esta temporada, la ventaja que sí perdura se sigue construyendo al crear tu propia ruta.

La próxima vez que te preguntes qué habilidad deberías aprender este año, prueba con una pregunta distinta: de las necesidades sociales que ya conoces bien, ¿cuál todavía nadie ha sabido resolver con claridad? Ahí, está la habilidad que sí importa.

 

Referencias: