En 2017, un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) demostró que no todas las inversiones sociales rinden igual. Aquellas orientadas al desarrollo de capacidades humanas —habilidades técnicas, competencias socioemocionales y aprendizaje continuo— generan un retorno en productividad y movilidad laboral entre cuatro y siete veces mayor que las intervenciones asistenciales directas.
Y sin embargo, en la mayoría de los ecosistemas de financiamiento social en América Latina, la inversión en capacidades sigue siendo tratada como un gasto secundario y caritativo, algo que se considera después de atender necesidades básicas, que se financia con los sobrantes presupuestarios, que se evalúa con indicadores que no capturan su impacto real. El resultado es predecible: se siguen financiando intervenciones que alivian síntomas, mientras las causas estructurales de la desigualdad se reproducen sin fricción.
Este artículo no intenta argumentar en contra de la atención a necesidades básicas. Argumenta que esa atención, sin inversión paralela en la capacidad de las personas para transformar su propia trayectoria, no es suficiente. Y que los datos, no las buenas intenciones, lo demuestran.
Por qué las capacidades son infraestructura
Cuando pensamos en infraestructura, pensamos en carreteras, puertos, redes eléctricas. En sistemas que, una vez construidos, generan valor durante décadas y multiplican la capacidad productiva de todo lo que se conecta a ellos. Las habilidades humanas funcionan exactamente de la misma manera: son la infraestructura invisible que determina si cualquier otra inversión en tecnología, en procesos, en mercados — puede o no traducirse en impacto sostenible.
Un estudio del McKinsey Global Institute publicado en 2023 estimó que las organizaciones que invierten de manera sistemática en el desarrollo de capacidades de sus equipos tienen una probabilidad 2.4 veces mayor de alcanzar sus metas de desempeño en periodos de alta incertidumbre que las que no lo hacen. Y cuando esa inversión se orienta hacia comunidades históricamente excluidas del mercado formal, el efecto multiplicador es aún mayor: cada persona que accede a habilidades con valor económico real no solo transforma su propia trayectoria, sino la de su entorno inmediato.
Este es el argumento central que el sector social latinoamericano ha tardado demasiado en articular con la claridad que merece: el acceso a habilidades no es un beneficio que se otorga a quien lo merece. Es una condición habilitante para que cualquier otra intervención tenga efecto a largo plazo. Dicho de otra manera: sin capacidades, la infraestructura física, tecnológica y organizacional que se construye en comunidades vulnerables tiene vida útil limitada porque las personas dentro de esa comunidad no tienen las herramientas para operar, mantener y escalar lo que se construyó para ellas.
El problema de medir lo que es fácil de medir
Uno de los obstáculos más consistentes para la inversión en capacidades humanas es la dificultad de medirlas con los instrumentos que los donantes y fundaciones utilizan habitualmente. Los indicadores de impacto más extendidos en el sector social son número de beneficiarios, costo por persona atendida o porcentaje de cobertura, y estos no capturan lo que ocurre cuando alguien transforma su manera de pensar, diagnosticar y actuar frente a un problema. El impacto de las capacidades no se expresa en una sola dimensión. Se expresa en trayectorias.
Una persona que desarrolla habilidades de resolución sistemática de problemas no solo resuelve el problema que la llevó al programa de formación. Lleva esa capacidad al trabajo, a su comunidad, a su familia. Forma a otros de manera informal. Toma decisiones diferentes. Exige más de las instituciones que la rodean. Eso no aparece en un reporte de gestión estándar. Pero determina, en gran medida, si el impacto de una intervención es efímero o duradero.
Esta limitación metodológica no es solo un problema técnico. Es una restricción política: financia lo que se puede contar, no lo que transforma. Y produce un sesgo sistemático hacia intervenciones de efecto visible en el corto plazo, que son precisamente las que menos desafían las causas estructurales de la desigualdad. El resultado es un ecosistema de financiamiento que perpetúa, sin quererlo, la lógica que dice querer cambiar.
Lo que distingue una inversión de un gasto
“No se trata de cuánto sabes, sino de qué tan rápido aprendes. Y esa velocidad no se distribuye sola: se construye, se financia y se democratiza.” Impulsera.
La distinción entre invertir y gastar en capacidades humanas no es semántica. Tiene consecuencias directas sobre el diseño, la evaluación y la sostenibilidad de los programas. Un gasto en capacitación produce conocimiento que se transmite en un momento dado y se degrada sin anclaje en práctica ni comunidad. Una inversión en capacidades humanas produce un cambio en la manera en que una persona — y a través de ella, una organización o comunidad — aprende a aprender. La diferencia es la diferencia entre dar un pez y construir la capacidad de diseñar mejores redes.
Los programas de formación que generan impacto duradero comparten tres características documentadas por la investigación en aprendizaje organizacional. Primero, integran práctica real desde el principio: no enseñan en abstracto para aplicar después, sino que construyen la habilidad en el acto mismo de usarla en un contexto real. Segundo, incorporan ciclos de retroalimentación que permiten al aprendiz ver el efecto de sus decisiones y ajustar. Tercero, crean comunidad — no como efecto secundario, sino como diseño deliberado — porque el aprendizaje que ocurre en comunidad se retiene más, se transfiere mejor y genera más riqueza social que el aprendizaje aislado.
Esta arquitectura de aprendizaje no es costosa en sí misma. Lo que sí requiere es intención de diseño, consistencia en la implementación y disposición a evaluar procesos — no solo outputs — como indicadores de impacto. Organizaciones que han adoptado este enfoque en América Latina muestran tasas de retención de conocimiento significativamente más altas y mayor transferencia de habilidades a contextos no contemplados en el programa original: la señal más clara de que el aprendizaje fue real.
El caso económico que el sector social necesita hacer
Hay una conversación que el sector social latinoamericano necesita tener con urgencia y que con frecuencia evita por incomodidad con el lenguaje económico: la inversión en capacidades humanas tiene retorno. No solo social. Económico. Medible. Y cuando ese retorno se articula con evidencia, el argumento para financiarla deja de depender exclusivamente de valores compartidos — y eso amplía la base de aliados posibles de manera significativa.
El Banco Interamericano de Desarrollo ha documentado en múltiples estudios que los programas de formación para el trabajo en América Latina que combinan habilidades técnicas con competencias socioemocionales — capacidad de trabajo colaborativo, pensamiento crítico, resolución de problemas — generan incrementos de ingreso promedio de entre 18% y 35% en los tres años posteriores a la intervención, en comparación con programas que desarrollan solo habilidades técnicas. El diferenciador no es el conocimiento específico: es la capacidad de aprender, adaptar y aplicar ese conocimiento en contextos cambiantes.
Esta evidencia no es solo relevante para quienes diseñan programas de formación. Es relevante para cualquier organización que quiere saber si su inversión social está generando transformación real o solo está gestionando vulnerabilidad. La pregunta no es «¿cuántas personas capacitamos?», sino «¿cuántas personas desarrollaron la capacidad de continuar aprendiendo después de que terminó el programa?». Esa segunda pregunta es más difícil de responder. Y es exactamente por eso que marca la diferencia entre impacto superficial e impacto sistémico.
La inversión en capacidades humanas es elegir qué tipo de futuro construimos
Hay una decisión que las fundaciones, los donantes, los directivos de organizaciones sociales y los diseñadores de políticas públicas toman constantemente, muchas veces sin nombrarlo de esa manera: la decisión de invertir en lo urgente o en lo estructural. Ambas son necesarias. Pero cuando lo urgente consume la totalidad de los recursos disponibles, lo estructural se pospone indefinidamente. Y lo estructural — la capacidad de las personas para transformar sus propias condiciones — es precisamente lo que determina si la urgencia de hoy se reproduce mañana o no.
Invertir en capacidades humanas no es una apuesta altruista en la oscuridad. Es una decisión técnica fundamentada en evidencia. Es elegir intervenciones que generan autonomía en lugar de dependencia, que construyen capacidad instalada en lugar de rellenar vacíos temporales, que crean condiciones para que el impacto persista cuando el financiamiento termina. Es, también, la única manera de justificar el optimismo sobre el potencial humano en contextos donde los obstáculos sistémicos son reales y documentados.
La desigualdad en América Latina no es el resultado de una escasez de talento. Es el resultado de una distribución profundamente inequitativa del acceso a las condiciones que permiten que ese talento se convierta en valor económico y social. Cambiar esa distribución es, en última instancia, lo que significa invertir en capacidades humanas. Y es posible. Está ocurriendo. La pregunta es si estamos dispuestos a medirlo con instrumentos que capturen la transformación real, no solo la intervención.
¿Listos para impactar?
Este artículo es parte de nuestra serie sobre Impacto Social. En las próximas semanas publicaremos contenido sobre:
¿Por qué el aprendizaje aplicado acelera la empleabilidad?
¿Cómo activamos agencia desde impulsera?
Fuentes verificables utilizadas
- CEPAL: Productividad y distribución del ingreso en América Latina, 2017- cepal.org
- McKinsey Global Institute: Skill Shift: Automation and the Future of the Workforce, 2023 — mckinsey.com
- BID: Habilidades para el trabajo: ¿qué sabemos sobre los programas de formación en América Latina? — iadb.org