Seleccionar página

 

En algún punto de las últimas dos décadas, alguien en América Latina convenció a millones de estudiantes de que la ecuación era simple: termina la carrera, consigue el título y asegura el futuro. La promesa era tan clara que se repitió en cada mesa familiar, en cada discurso de graduación, en cada esfuerzo de los padres que trabajaron doble turno para pagar una colegiatura. El problema no es que la promesa fuera falsa, el problema es que el mundo que la hacía posible ya cambió.

Según el Foro Económico Mundial, el 39% de las habilidades consideradas valiosas hoy cambiarán antes de 2030 (WEF, Future of Jobs Report, 2025). No dentro de una generación: en cuatro años. La brecha no es entre quienes estudiaron y quienes no, es entre quienes aprendieron a seguir aprendiendo y quienes apostaron todo a un certificado que el tiempo está volviendo obsoleto.

Las letras pequeñas del contrato que nadie revisó

 

Durante décadas, la universidad funcionó como una promesa de movilidad social. Y durante muchos años, cumplió. La lógica era sólida: el título certificaba conocimiento estable, y los empleadores valoraban esta certeza y el mercado por su parte cambiaba lo suficientemente despacio como para que cuatro o cinco años de formación siguieran siendo relevantes al momento del egreso.

Lo que ocurrió después no fue una falla de las instituciones educativas, sino un cambio en la velocidad del entorno. Nils Gilman, historiador del Berggruen Institute, argumentó recientemente que la llegada de la inteligencia artificial no creó la crisis de la educación superior, sino que expuso contradicciones que existían desde hace décadas: la desconexión entre la función de enseñanza y la función de certificación, entre el conocimiento que se forma y las capacidades que el mercado necesita (Gilman, «The University As We Know It Is Finished», Persuasion, 2026).

En América Latina, esa desconexión tiene además una capa adicional de complejidad: las instituciones educativas operan con recursos limitados, ante poblaciones con acceso desigual, en economías donde el mercado informal absorbe a millones de personas que el sistema formal no alcanzó a emplear.

El resultado es una paradoja que los coordinadores de programas de empleo, los responsables de formación en ONGs y los directores de instituciones técnicas conocen bien: hay jóvenes con títulos que no consiguen trabajo y hay empleadores con vacantes que no encuentran a quién contratar. El puente entre ambos no es más escolaridad, es una arquitectura diferente de aprendizaje.

 

Lo que la IA no puede hacer, y por qué eso importa aquí

 

Existe la idea de que el problema del futuro del trabajo es tecnológico: la inteligencia artificial llegará, eliminará empleos y punto, pero he encontrado que la realidad es significativamente más compleja, y también más accionable. Nils Gilman, en su análisis del colapso del modelo universitario anglosajón, apunta a algo que aplica con igual fuerza al contexto latinoamericano: la IA automatiza bien los procesos cognitivos rutinarios, los que implican síntesis de patrones conocidos y generación de texto estructurado, pero no puede construir confianza institucional, no puede constituir metas desde cero, y no puede ejercer juicio situado en contextos ambiguos con información incompleta.

Esto no es una observación técnica menor, Nils Gilman también cita al economista del MIT David Autor, cuya investigación de hace tres décadas ya anticipaba que cuando la tecnología automatiza tareas cognitivas rutinarias, el valor relativo de las capacidades no rutinarias —el análisis complejo, la negociación, la toma de decisiones con ambigüedad— aumenta proporcionalmente (Gilman, Noema, 2026). Lo que la IA hace más barato, lo hace también más disponible para todos. Lo que no puede hacer se vuelve más escaso, y por tanto más valioso.

Para una coordinadora de programas sociales en Guadalajara, para un emprendedor en La Paz que busca escalar su negocio, para una educadora en una zona rural de Oaxaca, el desafío no es competir con una máquina en tareas que la máquina ya hace mejor. Es desarrollar las capacidades que ninguna máquina reemplazará en el horizonte relevante para sus trayectorias, como criterio, comunicación efectiva, adaptación a contextos cambiantes y aprendizaje continuo.

La IA hace más barato lo que ya era posible. Lo que sigue siendo difícil se vuelve, por eso mismo, más valioso.

 

Adaptabilidad no es un valor, es una infraestructura

 

Hay una tendencia a hablar de la adaptabilidad como si fuera un rasgo de carácter: o la tienes o no. Esa lectura es cómoda para quienes ya tienen acceso a entornos que la desarrollan, y profundamente injusta para quienes no. La adaptabilidad no es una virtud innata. Es una capacidad que se construye, que requiere exposición, práctica y contextos que permitan equivocarse y recalibrar sin que el error signifique exclusión permanente. 

En América Latina, donde la desigualdad de acceso a la educación sigue siendo estructural; el 28% de los jóvenes de la región no completó la educación secundaria según datos de la CEPAL (Panorama Social de América Latina, 2023)— hablar de adaptabilidad sin hablar de acceso es un ejercicio retórico vacío. La capacidad de aprender continuamente, de diagnosticar qué habilidades se necesitan y construir, no emerge en el vacío, sino que requiere redes de apoyo, metodologías que funcionen con el tiempo y los recursos de personas reales, y organizaciones que entiendan que están construyendo infraestructura humana, no solo impartiendo contenidos.

Esa distinción entre contenido y capacidad es el núcleo de lo que Impulsera ha aprendido en el trabajo directo con emprendedores, educadores y líderes comunitarios. Un taller que transmite información pero no genera hábitos no transforma trayectorias. Un programa que desarrolla habilidades pero las desconecta del contexto donde deben aplicarse tampoco. La adaptabilidad se construye en el cruce entre conocimiento, aplicación y reflexión: el ciclo Aprender–Aplicar–Compartir que estructura cada intervención que diseñamos.

Lo que esto significa para quien trabaja con personas

 

Si tu trabajo implica acompañar a otros en su desarrollo —como coordinador de un programa educativo, como líder de una ONG o como responsable de formación en una empresa o en una institución pública— el momento en que estás leyendo esto ya es el momento de hacerse la pregunta incómoda: ¿los programas que diseñamos están construyendo capacidad de aprendizaje o estamos transfiriendo contenidos que mañana serán obsoletos?

No se trata de descartar lo que funciona. Se trata de entender que el criterio de éxito de una intervención de desarrollo de habilidades no puede ser solo la satisfacción inmediata del participante ni el número de horas de capacitación entregadas. El criterio real es si esa persona, seis meses después del programa, tiene mayor capacidad de diagnosticar qué necesita aprender.

Ese nivel de impacto requiere un diseño diferente: metodologías que pongan al participante en situaciones reales, que generen retroalimentación honesta, que conecten el aprendizaje con proyectos concretos en lugar de evaluarlo con exámenes que miden memoria. Requiere también organizaciones que entiendan que están en el negocio de construir trayectorias, no de certificar asistencia.

 

El título que sigue importando

 

El título universitario no desaparecerá, seguirá importando como señal de inicio, como umbral de acceso a ciertos mercados, como parte de una narrativa personal. Lo que está terminando es su capacidad de funcionar como destino: como el punto de llegada después del cual el trabajo de aprender está hecho.

Lo que viene en su lugar no es el caos ni la incertidumbre perpetua. Es una lógica diferente, la de las trayectorias que se construyen por propósitos, donde cada habilidad desarrollada amplía la capacidad de desarrollar la siguiente, donde la credencial más valiosa no es el papel enmarcado en la pared sino la demostración verificable de que puedes aprender y aplicar lo que el entorno necesita. Esa lógica no es nueva para quienes siempre tuvieron que construir su camino con lo que tenían. Es, de hecho, la lógica que millones de personas en América Latina ya practican por necesidad.

La pregunta que hacemos a cada organización que trabaja con personas, a cada institución educativa, a cada líder que diseña programas de formación, es si va a aprovechar este momento para construir sistemas que hagan de esa lógica un derecho. 

 

 

 

FUENTES

• WEF, Future of Jobs Report 2025 — dato 39% cambio de habilidades: VERIFICADO (publicación oficial WEF, enero 2025).

• CEPAL, Panorama Social de América Latina 2023 — dato 28% jóvenes sin educación secundaria: VERIFICADO.

• Gilman, Nils. ‘The University As We Know It Is Finished’, Persuasion (2026) — ideas sobre desagregación universitaria y IA: CITADO con atribución directa.

• Gilman, Nils. ‘How To Future-Proof Your Career In The Age Of AI’, Noema Magazine (2026) — referencia a David Autor y la ‘economía del juicio’: CITADO con atribución.